Opinión

Punto medio

En el centro de Miahuatlán hay al menos dos lugares que han cambiado su plan original, se han transformado. Esos espacios sirven hoy a propósitos para los que no fueron concebidos porque están dedicados a la promoción, exhibición y difusión del arte y la cultura.

Es enero de 2018: han llegado los primeros días de un año nuevo a este pueblo que se siente viejo. El cielo es azul intenso y seduce de sólo verlo, las nubes son blancas y se arremolinan tanto sobre sí mismas que lucen como pedazos enormes de algodón suspendidos en el aire: vigilan el transcurrir de los minutos como pacíficos objetos voladores que no hacen nada más que mantenerse inmutables ante el fresco viento que baja desde la sierra. Es un fragmento impresionista que ha escapado de los cuadros de Monet, Cézanne o Renoir.

Pronto acaba el trance, me saca de él un pequeño y empedernido caos: no hay remedio más poderoso que un poco de realidad.

Me encuentro en el que parece el centro del jardín municipal, imagino que en algún punto de la desaparecida fuente que hacía honor al fenómeno natural más cautivador que ha ensombrecido esta tierra. Aquí aún huele a humedad, la percibo con los ojos cerrados, los restos del agua que rozaba a los hombres y mujeres de piel dorada y que miraban al cielo se niegan a extinguirse, tal vez por eso el clima frío: combinación de viento, sorpresa y brisa.

En realidad, hay poco espacio aquí para caminar, comerciantes llegan y están también los que se han negado a irse, y así recibo una estridente bienvenida: este ruido me saca del trance; el sonido del incesante ir y venir de las palabras que ofrecen mercancía; las plantas y flores que adornan el suelo no saben que ya están muertas, pero lanzan esencias que se perciben entre la romería, como un lamento desesperado, pero cautivador.

Frente a mí veo el palacio municipal, con su largo pasillo rojo y sus portales;  a mi derecha, a unos 50 metros, hay un monumento a Benito Juárez; a la izquierda un quiosco, sé que detrás de éste hay otro monumento: es un promontorio artificial, con detalles, al parecer, de cantera, con un busto de Porfirio Diaz coronándolo, ahora mismo no lo veo, pero sé que está ahí, desde que recuerdo ahí ha estado, aunque tal vez algún día, al igual que la fuente, decidan también quitarlo, aquí casi todo es posible.

Estoy parado en este punto medio, entre Benito y Porfirio, varado en el camino de la creación y la transformación, recuerdo esas dos acciones al ver a lo lejos el museo municipal. Hacia allá me dirijo ahora.

El museo

El espacio físico que ocupa actualmente el “Museo Histórico Municipal Guillermo Rojas Mijangos”, y que pertenece al Ayuntamiento, funcionó hasta 2004 como oficinas adjuntas de la presidencia muncipal, ahora es un pequeño museo que alberga una colección compuesta, en su mayoría, por piezas arqueológicas prehispánicas de la época zapoteca; fotografías del Miahuatlán antiguo, objetos viejos como máquinas de escribir, de coser y vitrolas.

También hay documentos históricos como la reja de la puerta en la que, dicen, estuvo preso Benito Juárez; una colección de fotografías de los presidentes municipales ordenadas cronológicamente, sin embargo, apenas hay lugar para una de las expresiones en las que han destacado los artistas miahuatecos: la miniatura. Dos pequeñas vitrinas son suficientes para resguardar las piezas talladas en hueso y madera, alcanzan los dedos de la mano para contarlas, pues no llegan a la decena.

Colgados sobre el muro de entrada hay cuatro cuadros pintados por Israel Zurita en 2004, son las imágenes al óleo de Menevadela, Cochicahuala, Pichina Vedela y Petela: fundadores y patriarcas de las regiones que conforman un imperio desaparecido.

Recuerdo inmediatamente muchos otros museos que he conocido, el Museo Nacional de Arte (MUNAL), por ejemplo, que se encuentra en la calle de Tacuba en la Ciudad de México. El hermoso edificio que ocupa, y que fue construido por ordenes de Porfirio Díaz, no siempre fue un museo: fue archivo general de la nación, Palacio de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, y en 1982 cedió su espacio a la colección del MUNAL; con el tiempo ambos museos, el MUNAL y el Guillermo Rojas, se han transformado, de oficinas gubernamentales a receptáculos de historia y cultura, y como ellos hay muchos otros ejemplos.

Desde una de las dos puertas del pequeño museo de Miahuatlán distingo el quiosco, otro espacio público que también se ha transformado. Abandono la frescura que se siente en este lugar y camino hacia ese inmueble transformado.

La Librería Universitaria

Recuerdo que en alguna época no muy lejana el quiosco estuvo abandonado, no se ocupaba más que para bodega de escobas y artículos de limpieza. Atrás habían quedado los días en que funcionaba como un escenario circular para bandas de música que se reunían en lo alto a amenizar las tardes con sus trompetas y trombones, hay una foto en el museo que da muestra de ello.

Sin embargo, llegó el momento en que el espacio interno que albergaba las escaleras para subir se transformó en una librería. No fue generación espontánea, por supuesto. En la entrada hay una placa en la que apenas se lee que pertenece a la UNSIS (Universidad de la Sierra Sur), sus paredes están llenas de objetos literarios puestos en venta.

El rescate de los edificios y de los espacios públicos es necesario e importante, entrar al museo y a la librería rompe de inmediato con la monotonía de la vida cotidiana. Aunque los dos están en medio de un ambiente caótico, dentro de ellos se percibe un halo distinto, diferente, y esa sensación no sólo se agota a la inmediatez de las paredes porque uno es capaz de llevarse esa experiencia consigo.

El rescate de espacios es necesario, pero aún mas valioso es la creación de lugares destinados al arte y la cultura, y esto último apenas y se hace. Miahuatlán necesita más bibliotecas, más librerías, un teatro, un cine: espacios que promuevan la imaginación, la expresión y convivencia de sus habitantes, y los necesita con urgencia.

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Osiris C. López
Osiris C. López
Estudió filosofía en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Actualmente, está en el proceso de obtener el título, sin embargo, afirma, el papel es algo que le tiene sin cuidado. Lo que sí le importa es estar siempre en contacto con las letras, esas que leyó desde niño y que ahora maneja para crear historias, sus historias.