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Lo que me dejaron los Reyes

El 6 de enero era, quizá, el día que menos trabajo me costaba despertar, impulsado por la emoción y movido por la curiosidad me levantaba de la cama para descubrir los regalos traídos por los Reyes Magos.

Cuando pienso en mis días de reyes hay tres momentos que son inolvidables: la vez que me trajeron un par de patines, sentarme a la mesa a comer rosca y cuando pedí “un librero lleno de libros”; ese año, por cierto, me enojé con ellos (los reyes) porque recibí los libros, pero el mueble nunca llegó.

Ahora que lo pienso “un librero lleno de libros” era una idea romántica alimentada por mi ya incipiente gusto por la lectura. Aquel 6 de enero los reyes me dejaron el que sería el primer libro completo que leí en mi vida, la novela más larga a la que me había enfrentado hasta entonces, me refiero a “El maravilloso mago de Oz” del autor L. Frank Baum.  

Los demás que recibí eran educativos, de pasta gruesa, hojas brillosas y llenas de imágenes y fotografías. Hablaban sobre montañas y volcanes; otros del cuerpo humano que estaban repletos de infografías y cuadros, de figuras desnudas con fines didácticos; también había un ejemplar que explicaba el fenómeno del crecimiento poblacional, recuerdo que las sensaciones que ese libro me provocaba eran miedo y ansiedad: en la portada tenía incontables rostros y figuras humanas que parecían acechar y devorarme, en aquel entonces me inquietaba esa imagen y ahora gusto de perderme entre la multitud que, a veces, me empuja y me cobija, pero que también me asalta y violenta.

Comencé diciendo que el 6 de enero era el día que menos esfuerzo me costaba salir de la cama y es que me cuesta mucho despertar temprano y levantarme, y eso lo traigo desde niño, pero el sexto día del año era distinto, de verdad lo era, y si algo que logra sacarme de la cama no es magia, entonces no sé cómo pueda llamársele.

Otro momento que perdura en mi memoria es aquel año, no recuerdo exactamente cuál, pero seguro estoy que fue en la década de los 90, cuando me trajeron un par de patines: desperté en la madrugada y ya estaban en casa dos pares, los de mi hermana y los míos, eran idénticos, después descubrimos que un primo también recibió los mismos: negros con agujetas color naranja y con detalles en morado. Tres pares de patines iguales en una misma familia, si eso no es magia no sé cómo pueda llamársele…

Y así, en el pequeño espacio de mi casa, con piso de cemento, estrené mi juguete de ese año, era aún de madrugada. Cuando mi hermana despertó salimos en patines a la calle de tierra, el callejón donde vivíamos no estaba pavimentado, y sigue sin estarlo. Comenzamos por darles un uso rudo a esas frágiles ruedas de plástico diseñadas para girar sobre superficies planas que se encontraron con un par de niños que les dio por usarlos como cualquier zapato de diario, como si fueran tenis todo terreno.

Y con los patines puestos comenzamos el tour obligatorio: recorrer las casas de los primos y vecinos preguntando: “¿qué te trajeron los Reyes?”, y al mismo tiempo respondiendo lo que a nosotros nos habían dejado, esa simple pregunta guiaba nuestro recorrido.

¿Pedí patines ese año?, ¿pidieron mi hermana y mi primo lo mismo?, ya no lo recuerdo, pero eso fue lo que nos trajeron, en tanda repartieron en nuestra colonia los Reyes ese año.

La rosca de reyes es mi tercer momento favorito de la fecha: el chocolate caliente, de leche, de agua o café si ya no había para otra cosa, ese momento de sentarse a la mesa con mis hermanos y mis papás es un recuerdo contradictorio, pues se mezclan la ironía de ser panaderos de oficio y la novedad que representaba esa mañana con juguetes nuevos, pero cualquier pretexto era bueno y si funcionaba para sentirnos juntos ya valía la pena.

Tres momentos que alimentan mi nostalgia y mis viejos anhelos, ahora ya no hay regalos, ni sorpresas, tampoco hay niños en la casa, pero roscas nunca faltan y esas alimentan al mismo tiempo el antojo y el deseo, las ganas de querer recordar y el ímpetu por no olvidar los pequeños detalles, esa fuerza transitoria que nos empuja a la mesa, a la del desayuno y al trabajo.

En aquellos días la pregunta era “¿qué te trajeron los Reyes?”, ahora ese recuerdo se ha transformado en un gusto que intenta darle sentido a mi presente, en un recuerdo de la niñez sentado alrededor de la mesa. Lo que me dejaron los Reyes fue un placer por lo dulce y la lectura, ambos entes que disfruto aunque no sea 6 de enero, hoy ya no me traen algo, pero cuando se fueron instalaron en mí semillas que crecieron.

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Osiris C. López
Osiris C. López
Estudió filosofía en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Actualmente, está en el proceso de obtener el título, sin embargo, afirma, el papel es algo que le tiene sin cuidado. Lo que sí le importa es estar siempre en contacto con las letras, esas que leyó desde niño y que ahora maneja para crear historias, sus historias.