Morenita linda

Son las 11:30 de la noche del 11 de diciembre, decido salir a caminar por las calles de mi barrio, de esta colonia que me ha adoptado. Aquí en la Leyes de Reforma, en Iztapalapa, desde la tarde se escuchaba fiesta y preparativos. Salgo a la calle y no sé si me aturde más el áspero sonido de los cuetes que estallan constantemente en el cielo o el viento helado de esta noche decembrina, llevo puesta una chamarra y debajo un suéter, pero estas dos prendas no engañan a los 9 grados centígrados, lo sé porque lo veo en mi celular: “ni siquiera es tan baja la temperatura”, pienso, mientras me encojo para darle calorcito a mis orejas en un acto de revelada contradicción.

Comienzo a recorrer estas calles que en otros días suelen estar ya calladas y vacías, pero hoy no, hoy es una noche especial.  En unos minutos es la fiesta de la virgen de Guadalupe, “la morenita linda”, en unos minutos será 12 de diciembre y los fieles católicos saben cómo rendir honor a una de las máximas figuras de su credo.

Me dejo guiar por el ruido de improvisados equipos de sonido, muchas banquetas han cedido su espacio, dedicado normalmente al comercio informal, a capillas que los vecinos organizados han armado con alegría: hay sillas, mesas, adornos hechos con popotes, flores de papel y plástico, y las luces navideñas hoy cumplen una doble función: adornar esos altares y anunciar que ya vienen las posaditas: “a la virgen morena le gusta la algarabía”, pienso.

Siguen tronando los cuetes mientras paso por una calle donde los vecinos han encendido una fogata, a lo lejos se ve bonita y me acerco, esa luz ámbar que crepita me atrae, pero el olor a llanta quemada me saca del trance, no hay madera que quemar por estos rumbos.

También el agua es escasa, pero grandes ollas han sido dispuestas en anafres, imagino que hay ponche y café, sin embargo, muchos hombres están ocupados con sus cubas y cervezas, con el frío que hace seguro se han ahorrado el hielo.

Ya son las 12 y he caminado cinco calles de las largas, tan sólo cinco y ya conté siete altares, entre los improvisados y los que están instalados todo el año, hechos con ladrillos y cristal. Algunos vecinos han abierto las puertas de sus patios para recibir a quien quiera pasar a cantar “Las Mañanitas”, a rezar o simplemente a admirar la decoración: hacer acto de presencia es lo que cuenta, tal parece.

“Desde el cielo una hermosa mañana…la Guadalupana, la Guadalupana, bajó al Tepeyac” no me sorprende escuchar esas estrofas, son el canto clásico que enarbola la fe y enciende las suplicas y los agradecimientos.

Pero las bocinas ya no son sólo usadas para amplificar rezos y Mañanitas, suenan también cumbias, guarachas, reguetón, salsa… todo ritmo guapachoso encuentra lugar y decibeles en esta fiesta. ¿Ya dije que hay dj?, pues sí lo hay. En más de un lugar han contratado “sonidero” para amenizar el ambiente, pero ni falta que hace, puedo percibir en las oraciones de las señoras un ansia por festejar a su madrecita.

Si el 28 de cada mes sorprende el culto a San Judas Tadeo, nada se le compara con esta devoción generalizada que percibo. “¿Así es en todas las colonias, en todas las delegaciones?” me pregunto, para contestarme yo solito, que seguramente sí.

Me detengo a tomar un par de fotos y me absorbe esa imagen, no la de los altares, sino la de la virgen misma: me encanta el verde de su túnica, me agrada la combinación de dorado con verde oscuro, es resplandeciente como el halo que la rodea, y ese ángel que la carga, que la eleva, símbolo de la resistencia y el no hartazgo, las estrellas bordadas me guiñan. Veo su cabello y la envidia me invade, es negro, muy negro, mientras el mío cada día se torna gris y blanco el de ella ha quedado inmortalizado en ese profundo mar oscuro que adorna su cabeza. Suspiro mientras guardo el celular y me froto las manos para generar un poco de calor, vuelvo a mirarla y los globos colgados hacen que me enoje un poco, “no son dignos de la belleza que contemplo en ese cuadro”, pienso.

Justo en este altar han construido una réplica de “cerro” con protuberancias que simulan cúmulos de tierra cubiertos por musgo, hay un camino que dirige a lo más alto, al lugar reservado para la Guadalupana de esta casa: mientras que en otros lados he visto figuras en tercera dimensión hechas con yeso y pintadas con colores brillantes, aquí sólo hay una foto, una réplica del original que, según cuenta la leyenda, le fue revelado a Juan Diego, en su ayate entre olorosas y frescas rosas. Aquí son pocas las flores naturales, pero hay muchos ramos de artificialidad.

Huelo de nuevo la fogata, que es sólo llanta quemada, pero al mismo tiempo es llanto que amo: me gusta observar como rezan el rosario las señoras mayores, aquí no hay ruido, sólo el hipnótico repetir de letanías y ave marías que me recuerdan a mis abuelos, por eso me gusta. Decido sentarme un rato y me ofrecen café, aquí no hay sonidero pero es donde más percibo el ruido del llamado espíritu.

Aquí han decidido no ir a la Basílica, al menos no esta noche, pero no se olvidan de festejar a su “morenita”. Vuelvo a recordar a mi abuela, a Josefina, “si yo viviera en la ciudad, iría todos los días a visitar a la virgen” me dijo un día, ella es profundamente católica y sólo por eso me persigno y se la encargo, no sé qué me impulsa a hacerlo, pero lo hago, “¿es esto una derrota?” me pregunto a mí mismo.

Me tomo el café y regreso a la calle, aquí me siento cómodo. Me dirijo a mi habitación donde, a pesar de los muros, se siguen escuchando los cuetes y donde al fin percibo que la música ha cambiado: es El Tri con “Virgen Morena”, retumba la aguardientosa voz de Alex Lora que entona su canción, y ¿si tiene himno para casi todo… por qué no para la virgen de Guadalupe?, esa rolita tiene un tono melancólico y así me acuesto, una vez más ensimismado por una nostalgia que no comprendo, pero que ha sido desatada por un paseo en estas calles de Iztapalapa donde me convierten, por un momento, en creyente de algo que no comprendo.

About the Author

Osiris C. López

Estudió filosofía en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Está en el proceso de obtener el título, sin embargo, afirma, el papel es algo que le tiene sin cuidado. Lo que sí le importa es estar siempre en contacto con las letras, esas que primero leyó desde niño y que ahora maneja para crear historias, sus historias.

error: Contenido protegido!