Un remedio contra la tristeza

Remedios contra la tristeza me han recomendado muchos: comer chocolate, hacer ejercicio, beber alcohol, dormir, consumir medicamentos controlados y hasta ilegales. Yo mismo he ensayado mis propias rutas para abatirla: bailar solo o caminar de madrugada. Sin embargo, hoy comprendo que a esa emoción, propia de mi naturaleza humana, no debo huirle o temerle, sino al contrario: abrazarla hasta hacerla cachitos de un tamaño manejable, más comprensible, y que me cuenten lo que les duele para escuchar qué es eso que les incomoda o causa conflicto.

Y sobre un tipo de tristeza muy específica y sus arbóreos “remedios”, va el texto que escribo ahora.

Hace tiempo mi mamá me contó una historia que me pareció bonita y entrañable. Son dos historias realmente; la de una de una niña de tres años y su padre, y la de esa misma pequeña y el sentimiento que le provocó la llegada de su hermana recién nacida.

A mi mamá la tumbó la burra y si quien lee esto no sabe a qué me refiero con esa expresión, no se preocupe, ahora mismo se lo explico, que yo tampoco lo sabía.

Se suele decir que cuando un bebé llega a una familia, si éste ya tiene hermanos o hermanas mayores,  tumba, es decir, desplaza al que le antecede, porque le “roba” la atención de sus padres y familiares ya que todos en casa se vuelcan hacía el recién llegado, ese nuevo bebé tiene una preferencia que le viene por su imagen tierna y apachurrable: los recién nacidos suelen cautivar con sólo verlos. Y así, el que hasta hace poco era el pequeño de la casa pasa a un plano donde los mimos ya no son los mismos de antes.

En 1969 a mi mamá la tumbó la burra, ella era una pequeña de dos años. La primera vez que escuché la frase me provocó risa y me quedé pensando de dónde podría venir la expresión. Tal vez esté relacionada con la locución literal a la que hace referencia: una caída por ser tumbado (y más aún si la causante es una burra), provoca dolor, llanto y con ello viene la tristeza.

Cuando nació mi tía, mi mamá dejó de ser la más chiquita de su casa y eso le generó un sentimiento que tal vez ni siquiera comprendía por su edad. Era tristeza que se fue colando poco a poco, llenándole el cantarito, hasta que se desbordó cuando ya tenía tres años.

Julián Santos, mi abuelo paterno, era un albañil en el Miahuatlán rural de finales de los 60. Y aún entre el trabajo, la misa dominical y la cantina, notó que su hija estaba muy triste, que lloraba mucho en el pasadizo, que se metía dentro de un estanque para esconderse y entonces decidió que tenía que hacer algo para aliviar el malestar de su pequeña.

“Agarró y me abrazó- ese recuerdo tengo- fue en tiempo de lluvia porque en aquellos días el arroyo llevaba agua y se formaban pozas”, entre suspiros rememora mi madre uno de los días en los que su padre quiso reconfortarla.

En una de esas ocasiones, su papá la cargó entre sus brazos y la llevó a que se “entretuviera” con una muñeca y los charcos de agua con fondos de arena. La llevó a cortar flores, la subió a un árbol y le dijo: “muerde al pájaro bobo, deja ahí tu tristeza”.

El árbol del que habla mi mamá, conocido como “pájaro bobo” o “palo bobo”, es un casahuate, una especie muy común en México y en Oaxaca; crece de forma silvestre en terrenos y campos abiertos, en las laderas de arroyos, donde el clima suele ser seco, con tristes aspiraciones de desierto. Su tamaño es variable, pero los más atractivos a la vista son los frondosos y chaparros con múltiples flores blancas que caen como cascada hacia los lados, entre hojas verdes o amarillas, ya doradas por el sol, ramas que casi rozan el suelo, como raíces negadas que vuelven a la tierra en vez de ascender al cielo.

Y a ese árbol trepó el abuelo a mi mamá a entregar su tristeza, a abrazarlo y a que soltara ese sentimiento que la tenía chipil desde que la tumbó la burra. La niña también recogió flores y las aventó al agua estancada y gritaba fuerte para desahogar una pena que le acongojaba.

A pesar de estar muy chiquita es algo que no olvida, ese momento compartido con su padre es de los recuerdos que con más cariño guarda en su memoria. No sé si abrazar el “pájaro bobo” o cualquier otro árbol quite la tristeza, el enojo o cure algún pesar, pero ese hecho hizo que un papá compartiera tiempo con su hija y una creencia que a pesar del tiempo y de la ausencia ella no olvida. Una tristeza fue el pretexto que los acercó y los encaminó rumbo al arroyo porque él quería distraer a la pequeña para que saliera de su ensimismamiento. Cuando esa mujer, mi madre, lo cuenta se percibe el cariño de una hija hacia su padre, ese tipo de actos suelen pasar desapercibidos en el momento y sólo con el paso del tiempo cobran una relevancia vital que acaricia el alma de quien recuerda.

Luego de las “terapias”, la relación entre ellos fue tal que mi mamá no paraba de llorar cada que él se ausentaba durante días a causa de su trabajo en varios pueblos de la sierra, donde se quedaba a vivir por semanas. Mi madre, la pequeña recién curada de tristeza, se enfrentaba a otro lamento: la ausencia de su “mamá grande” como llamaba al abuelo Julián, quizá porque era mucho más alto que mi abuela Dolores o simplemente porque no sabía la diferencia entre papá y mamá.

Poco después, cuando ella tenía doce años, murió su padre. Ya no hubo más tiempo para charlas o caminatas sobre arena, pero el abrazo a un árbol estrujó la distancia entre ellos y a pesar del tiempo y el espacio, en la memoria de mi madre esa tarde se niega a desvanecerse, al menos no la sensación cálida que le provoca. Los recuerdos, como los árboles, siguen creciendo en los arroyos de mi pueblo.

***

Hace unos días, caminaba con mi hermana y nos encontramos un ejemplar en el patio de una biblioteca en una ciudad en la que no abundan los árboles. Recordamos la anécdota y no evité, de verdad no pude, acercarme a abrazar al pájaro bobo, que entre el misticismo y el aura de magia que rodea la experiencia, pude sentir que me conectaba no sólo con mi madre, sino con mi abuelo y aún más lejos, con un pasado que me configura y que se suma ya a mis remedios contra la tristeza: tumbado o no por la burra, la tristeza que constantemente  me acecha.

About the Author

Osiris C. López

Estudió filosofía en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Está en el proceso de obtener el título, sin embargo, afirma, el papel es algo que le tiene sin cuidado. Lo que sí le importa es estar siempre en contacto con las letras, esas que primero leyó desde niño y que ahora maneja para crear historias, sus historias.

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