Opinión

El pueblo que fuimos, la ciudad que queremos ser

*Columna publicada el 18 de diciembre de 2013 

Miahuatlán de Porfirio Díaz ha dejado de ser el pueblo conservador que era: una comunidad en la que prácticamente todos sus habitantes se conocían entre sí, donde los apellidos estaban contados y bien distribuidos, y las fechas conmemorativas (religiosas, cívicas o populares) eran recordadas con esmero y devoción.

Poco queda de aquel pueblo rural del siglo veinte. Algunas costumbres y creencias se  han ido modificando o de plano perdiendo entre una población que no deja de aumentar. La gran diferencia entre el pasado y el presente miahuateco es básicamente el incremento en el número de habitantes y con él la llegada de nuevas formas, negocios y giros. 

Aquel Miahuatlán que recuerdan los viejos de hoy ya no existe: las casas de adobe prácticamente desaparecieron, las calles de tierra (pero bien regadas en las mañanas) ya no están, en el caudaloso río ya casi no corre agua, las mujeres haciendo cola en el molino al amanecer son pocas y la amistad entre todos o la mayoría de los habitantes desapareció. Con el paso de los años hemos dejado de ser un medio rural, para darle paso a la vida propia de una ciudad en la que conviven el comercio y la “modernidad”.

Cada día es más común desconocer a las personas que llegan a habitar Miahuatlán y eso es más que normal, recientemente se instalaron en la cabecera municipal diversas empresas con presencia nacional: Elektra, Bodega Aurrerá, el Nacional Monte de Piedad, Coppel y además el gobierno federal decidió que el primer penal de mediana seguridad en Oaxaca, se construyera en Mengolí de Morelos, a unos 15 minutos de la ciudad.

La puesta en marcha de este Cefereso cargó (además de presos que cometieron delitos del fuero federal) con cientos de personas que llegaron a radicar aquí con la esperanza de trabajo, pero sobretodo de un salario fijo; llegaron de comunidades cercanas, rancherías y de diferentes lugares, dentro y fuera del estado. Con la instalación de tiendas que solicitan personal para trabajar, más gente llegó a la ciudad queriendo obtener un puesto laboral.

Y así, poco a poco con el paso de los años, Miahuatlán [lugar de espigas de maíz] ya no es el mismo. Esta columna no pretende aferrarse al pasado y criticar porque sí el presente, tampoco quiere dar lecciones de conservadurismo absurdo. La opinión va más allá, trata de visualizar la forma en que nuestra ciudad ha crecido pero para mal. Miahuatlán de Porfirio Díaz es una ciudad  desordenada, con muchos habitantes ya, pero sin los servicios adecuados y además con nulas reglas que rijan la convivencia en comunidad.

Al menos las dos últimas administraciones municipales han sido desastrosas: la actual (a punto de terminar) encabezada por Diego Andrés Ramos, quien se va por la puerta trasera, después de un año y tres meses que las instalaciones del ayuntamiento estuvieron cerradas por el Concejo Consultivo Ciudadano. Esta administración municipal será recordada, precisamente por eso, porque “les tomaron el palacio municipal”. Pues este trienio, no sentó las bases de ninguna evolución moderna, que fuera en coordinación con el acelerado crecimiento de la población, al contrario, fue en esta administración cuando estalló el problema de la basura y dejó ver que no existe una adecuada planeación urbana que inserte a Miahuatlán en el desarrollo.

Las calles principales del centro de la ciudad tienen una pavimentación mediocre, la típica obra que se realiza en la mayoría de los municipios de México: baches por aquí, baches por allá. Es de todos conocido el negocio que representan las pavimentaciones para los municipios: buenos recursos económicos destinados para el asfalto, robo a manos llenas por parte de las constructoras, ingenieros o funcionarios, así todos los días transitamos por calles abandonadas por parte de la autoridad.

Por otro lado, no existe un servicio de tratamiento de aguas residuales, entonces ¿a qué lugar van a parar los miles de litros de aguas negras que se generan en un solo día?

El servicio de recolección de basura es ineficiente y además atenta contra las normas ambientales (enterrar los desechos no es la solución y también contamina). Con el arribo de más ciudadanos, el surgimiento de nuevas colonias empezó:  espacios a los que les falta pavimentación, luz, agua, drenaje. Colonias que se unen a la necesidad de contar con los servicios básicos que el ayuntamiento está obligado a procurar.

El primer cuadro de la ciudad es la digna representación de una romería: puestos por doquier e incluso algunos comerciantes se atreven a bloquear las banquetas o hasta parte de las calles que desembocan en el jardín principal. Y del centro ya ni hablamos, hace cuánto tiempo que los comerciantes lo han hecho de su propiedad. Mientras hay un mercado recién remodelado y solitario porque los locatarios justifican vender más afuera, es decir, no hay orden, no hay autoridad.

Y la teoría se refuerza: Miahuatlán está profundamente desorganizado. No se respetan las reglas porque no las hay, además hay que sumarle que vivimos en la sociedad de “si no está prohibido o penado, se hace” aunque se esté consciente de afectar a alguien más. El caso es que no hay reglas y por eso no se respetan.  O acaso ¿alguna autoridad municipal ha mostrado los diversos reglamentos con los que se supone se rige la ciudad? Aquí en Miahuatlán, cada quien hace y deshace a placer: me paso el semáforo porque no hay sanción, vendo bebidas alcohólicas a menores porque no hay quién me vigile, invado las calles porque otros lo hacen, llevo al poste más cercano la basura porque el carro no pasa, contamino lo que queda del río porque simple y sencillamente no hay sanción ni quien me sancione.

La culpa es, nuevamente, compartida. Si no hay reglas que estipulen las faltas, pues entonces cada ciudadano hace lo que quiere o lo que más le conviene. La ausencia de reglamentación es responsabilidad de la autoridad municipal. Se debe estipular el reglamento que nos rige como ciudad y, si es que ya existe, hacerlo público y finalmente ponerlo en práctica. Del otro lado, estamos los demás, los ciudadanos que habitamos Miahuatlán. Los que debemos acatar las leyes. Ciudadanos conscientes que denuncien las arbitrariedades y abusos que desencadena la falta de reglas o su nula aplicación. La responsabilidad recae también en el ciudadano que no se queja, que se queda callado ante la ausencia de obra pública y de los servicios básicos. Ese ciudadano que trienio tras trienio presencia que la administración municipal en turno es peor que la pasada, pero que no dice y hace algo, que no levanta la voz al ser testigo de cómo los integrantes de cada cabildo en tres años se convierten en empresarios millonarios con giros comerciales en la capital o en las costas de Oaxaca, ese ciudadano que prefiere ante la ausencia de ley la resignación y no la indignación.

Si queremos prosperar como una ciudad ordenada, donde se aplique la ley, debemos contribuir todos, autoridades y ciudadanos. No olvidemos al pueblo que nos antecedió y vislumbremos un municipio desarrollado, por eso, recordemos el pueblo que fuimos, pero forjemos la ciudad que queremos ser.

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Karla López
Karla López
Es periodista. Estudió en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha dirigido noticiarios radiofónicos en Miahuatlán; ha sido editora en los periódicos El Libertador de Oaxaca, Capital Oaxaca y coordinadora de la edición del diario Tiempo de Oaxaca. También ha trabajado en medios digitales. Actualmente estudia la maestría en periodismo político.
http://estrechezintelectual.wordpress.com