Mi viaje más triste en bicicleta

Dedicado a quienes han tenido que irse.

Tenía once años cuando mi papá se fue de inmigrante a Estados Unidos: yo dejaba de ser un niño y él era el hombre mayor a quien más admiraba. Esa sensación de estar entrando a la pubertad se instaló en mí con gran fuerza cuando él emprendió su viaje hacia el norte.

Mi niñez también migraba: se esfumaba desparramándose entre la incomprensión y la sorpresa, ni mis pestañas largas, ni mis ojos grandes fueron capaces de retenerla. Mi papá se fue hacia un norte dejándome algo desnorteado, no sabía cuándo volvería a tenerlo cerca, o si, al menos, volvería a verlo de nuevo algún día: hay quienes se van y nunca regresan.

Se fue de ilegal, de mojado: no importaba si persiguiendo un sueño o huyendo de alguna pesadilla, sólo tengo la certeza de que se fue dejándonos muy tristes. No nos abandonó, pero sí nos dejó desconsolados. Y ese sentimiento se disipó pronto, aunque no estoy seguro de cuánto tiempo nos duró la tristeza; entre los juegos, la tarea y la televisión, la opresión provocada por los vacíos suele difuminarse y se confunde, al menos es la historia que nos contamos para suplir las ausencias.

El día que se fue lo acompañé a la terminal de autobuses: fue un viaje en bicicleta, su deporte y medio de transporte favoritos. Aquella noche me llevó a la terminal porque las bicicletas no se manejan solas y alguien tenía que regresarse a casa con ella. La terminal estaba en la calle 16 de Septiembre y hoy ya no existe, muchas cosas han cambiado pero las rutas suelen mantenerse, los caminos y las calles permanecen para recordarnos el pasado, a veces se transforman y cambian de apariencia, pero lo esencial es ese espacio dedicado a transitar, la abertura por donde llegan los extraños y por donde escapan los conocidos.

Soy muy llorón y he llorado en distintos lugares: acostado en la cama, mientras camino, en el metro, en panteones y hospitales, en el cine. He llorado en terapia y también en lo más alto de una montaña rusa, he llorado por sentir cercana la muerte y por la alegría de sentirme vivo. He llorado tanto que esa sensación tibia y salada es parte de mi rostro. Me gusta beber lágrimas, lo confieso, al menos las mías. Las atrapo con la lengua o ellas solitas se meten en mi boca, pero el día que acompañé a mi papá ni tiempo tuvieron de ser bebidas: esa vez lloré en la bicicleta, íbamos a penas a medio camino, sobre la calle Ciprés, por donde está el jardín de niños Enrique Rébsamen, y yo ya iba llorando. Pero la velocidad y el aire no dejaban que el llanto llegara a mis comisuras, esa tibieza propia de la lloradera más bien era una frescura que hacía que me picaran los cachetes y hacia arriba.

Fluyan mis lágrimas, dijo el niño en bicicleta. Que corran por donde quieran, pero que mi papá se dé cuenta que no me es indiferente su partida.

“¿Por qué lloras?”- me preguntó

“Se me metió una basurita en el ojo”, le dije. Y era cierto, esa basurita a veces tan echada de lado y menospreciada, llamada tristeza, la provocada por las despedidas. Mi papá se iba de mojado al norte y aquí en el sur nos quedábamos empapados por su ausencia, aquella noche la lluvia nos vino desde adentro. En casa mi hermanita y hermanos también lloraban, y el llanto es algo que se contagia, se siente aún en la distancia.

No recuerdo qué me dijo al llegar a la terminal: seguro que cuidara a mis hermanos y que ayudara a mi mamá, que no estuviera triste, que nos quería mucho, que nos iba a extrañar, que ahora yo era el hombre de la casa, que volvería. No dudo que mi papá soltara alguna lagrimita porque también es un poco llorón, pero él sabía por qué se iba.

Fluyan mis lágrimas, dijo el chico que se regresó a casa, ya solo, manejando una bicicleta que le quedaba grande y varias cosas me quedaron grandes con su partida. Pero así es la vida, la transformación muchas veces viene acompañada de cierto dolor, de sacudidas, del movimiento, de la migración de las piezas y de las emociones, como en el tablero de ajedrez cuando una pieza se mueve suele alterarse un juego entero.

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About the Author

Osiris C. López

Osiris estudió filosofía en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Está en el proceso de obtener el título, sin embargo, afirma, el papel es algo que le tiene sin cuidado. Lo que sí le importa es estar siempre en contacto con las letras, esas que primero leyó desde niño y que ahora maneja para crear historias, sus historias.

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