Se jaló las clases, maestro

Desde hace un par de años, y mientras más envejezco, las voces se van acentuando. Esos sonidos, que son las palabras conversadas con mis amigos y conocidos, hablan de un hecho que ya parece lejano y que posee rasgos distintivos e inconfundibles, un sabor especial: nuestros días en la secundaria.

Constantemente, esas voces reclaman al tiempo y exigen de la vida mejores circunstancias, “el tiempo pasado era mejor”, escucho con frecuencia y me harta tanto la oración que termino por hacerla mía: romanticismo exacerbado y miopía.

Esas voces coinciden en que su paso por la secundaria es una de las épocas que con más nostalgia guardan en sus recuerdos, aquellos días, aunque implicaban cierto esfuerzo y estudio, también significaron momentos de diversión y relajo; el primer amor, la primera pelea; de niños a adolescentes, un crisol de revelación, enfrentamiento con un mundo nuevo y desconocido que representaba distanciamiento de los padres, nos sentíamos grandes, aunque aún fuéramos escuincles.

El paso de la primaria a la secundaria rompía con seis años de ver las mismas caras, los mismos salones, de recorrer los mismos caminos y pasillos; de odiar a los mismos maestros, de temer, o alegrarse por no estar cerca de quienes nos caían gordos o molestaban, también se colaba la tristeza por despedirse de los amigos, pero todo se compensaba con ese nuevo mundo que nos llamaba a ser explorado: éramos el Colón y nuestra América esperaba rodeada de húmedas ensoñaciones: “Secundaria” era su nombre; “Misteriosa” y “Enigmática” sus apellidos.

¿Qué hay, o había, en la secundaria que tanto nos sedujo? Y seducir es un verbo que importa en este caso.

Seducir aplica porque con delicadeza nos asestaba caricias, nos empujaba a crecer y conocer, y en ese juego nos desprendíamos de la ropa para exponer la desnudez que nos apenaba, pero una vez desnudos, nos reconocíamos: pubertos deseosos, incitados por la ansiedad y las ganas. Cuerpos en desarrollo que acentuaban curvas, expulsaban fluidos y de los que brotaba un vello tímido que nos cubría como la noche, sin poder evitar esas sombras que oscurecían lo que antes era luminoso.

La E.S.T.I número 9 fue mi secundaria. Durante mucho tiempo fue la única escuela secundaria en Miahuatlán y a la que, quizá, han asistido la mayoría de los miahuatecos. Aquel lugar, ante mis ojos, era enorme: la escuela más grande que jamás había pisado: Escuela Secundaria Técnica Industrial Número 9; la ESTI, la secu o la ETA para algunos más mayores. Me cuentan que en la ETA había clases de ganadería, agricultura, taller de carpintería, pero en algún momento la cosa cambió: del contacto con becerros, abejas, peces, tomates y lechugas, el encuentro pasó a ser con computadoras, máquinas de escribir, hojas de Excel, blogs de contaduría y circuitos electrónicos.

No me imagino lo surrealista que debió haber sido ir a la escuela para encontrarte con que la marrana ya había parido. La formación en aquellos días respondía a un país distinto, a una época que no tiene mucho de haber sucedido y que, sin embargo, cada vez se aleja y vive sólo en la memoria de quienes pastoreaban aquellos pastizales y verdes campos.

En la secundaria conocí a algunos de los individuos más desmadrosos que me he topado en la vida, también a las más listas, los más populares, los más inquietos: caras que jamás he vuelto a ver y voces que ya ni en sueños se aparecen. Mi panorama se ampliaba con la variedad de gustos musicales que me compartían mis amigos y ellos se enriquecían de mis inquietudes, era un intercambio recíproco, tal vez desinteresado.

Ahora en Miahuatlán hay más de tres secundarias: la Telesecundaria, la General, la del Colegio, la Chorné y mientras más crece el pueblo, más amplia es la oferta. Yo sólo fui a la ESTI, pero conozco a quienes recorrieron más de una, chicos expulsados, tal vez incomprendidos, tenían algo de aventureros.

Dicen que en la secundaria nunca falta algún “atascadito” que quiera molestar a sus compañeros y es cierto: hay quienes hacen de su paso escolar una forma de desenfreno y relajo a veces mal encausado. Veo “Stranger things” y la nueva versión cinematográfica de “It”, la novela de Stephen King, y me identifico con los protagonistas (chicos también en secundaria) por su deseo de escapar de los agresores, adultos y contemporáneos, a través de la fantasía y la amistad.

Yo tenía todo para ser “bulleado”: chaparro, malo en los deportes, débil visual, bueno en biología, extrovertido, el mejor de su clase en inglés: mezcla de niño tímido y aplicado, y, sin embargo, nunca me sentí realmente amenazado, al contrario, mi rostro y tamaño inspiraban camaradería en los hombres y ternura en las mujeres. Pero no todos corrían con la misma suerte, algunos se convirtieron en víctimas favoritas que por no encajar o ser distintos eran rechazados y hasta golpeados.

Aprendimos no sólo de computación o geografía, también de la vida: los profesores nos transmitían sus conocimientos y los amigos, los compañeros, con ellos aprendimos a jalarnos las clases, ir de pinta al río, al arroyo, a la alberca.

Muchos probaron el alcohol o el cigarro por primera vez en esos paseos, también el cuerpo palpitante del hombre y la incipiente y curveada figura de la mujer: la embriaguez de la juventud nos venía no sólo de las hormonas sino de las sustancias consumidas. Nuestro cuerpo estaba cambiando, éramos nosotros mismos un laboratorio viviente de química y física, dispuesto a la erupción y a los roces. Había hambre y enojo: muchos querían escapar de casa, donde eran violentados y sólo en la escuela se sentían un poco protegidos.

En estricto sentido, no está bien jalarse las clases y no es algo que recomiende o aliente, pero sucedía y sigue sucediendo. Esos paseos y escapadas eran un clavado fresco, signo de ficticia rebeldía. Cuando las maquinitas y los videojuegos llegaron, el escape era hacia el centro: pero se corría el riesgo de ser visto por alguien indeseado, así que los parajes desolados, arroyos vacíos y las sombras de viejos árboles se convertían en el mejor refugio, la periferia nos escondía y muchos se perdieron en ella, algunos se adentraron en ella para no escapar nunca.

Ante el pase de lista y el silencio como respuesta, recuerdo un constante “se jaló las clases”, la voz que desenmascaraba al intrépido, al atrevido: al que lo mandaban a la escuela, pero era escurridizo y se colaba por todos lados.

¿Que si alguna vez me jalé las clases? Sí, y no lo digo como confesión, tampoco como orgullo, era simplemente parte de la inercia, de esa dinámica que rodeaba mis días de secundaria. No fui, para nada, quien a más clases faltó: de hecho, aquellos ni la terminaron o tuvieron dificultades para hacerlo, pero de algo estoy seguro: haberme jalado un par de clases es ahora un recuerdo que no olvido, una memoria que persiste en el tiempo y que recuerdo con una sonrisa.

¿Hernández?, -Aquí.

¿Álvarez?, -Presente, profe.

¿López?, -Se jaló las clases, maestro.

About the Author

Osiris C. López

Estudió filosofía en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Está en el proceso de obtener el título, sin embargo, afirma, el papel es algo que le tiene sin cuidado. Lo que sí le importa es estar siempre en contacto con las letras, esas que primero leyó desde niño y que ahora maneja para crear historias, sus historias.

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