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La noche del 31 de octubre

El 31 de octubre era un día muy especial en el que la mayoría de las familias estaba en plena elaboración de los tamales para conmemorar el Día de Muertos. La reunión de varios grupos de panaderos era algo muy simpático, pues por la noche del 31 tomaban sus guitarras y se lanzaban a las casas de las novias o de las esposas y de viva voz, sin aparatos electrónicos sofisticados como los actuales, cantaban a sus amadas que se encontraban medio despiertas haciendo los tamales.  Tal era el caso de nuestro amigo peluquero Lalo Azcona, que era aficionado a tocar la guitarra.

De tal suerte que las solitarias calles nocturnas del pueblo eran alumbradas por una hermosa luna y adornada melodiosamente con los ruidos de los grillos y algunas aves nocturnas; las casas de adobe con teja eran testigos de la incursión de los grupos de panaderos que afinando sus guitarras caminaban animados por la alegría que le llevaban a sus amadas, dividiéndose en los cinco barrios de Miahuatlán para llevar su serenata. Barrio chico, barrio arriba, barrio abajo, la loma y el centro. Cada barrio con su respectivo grupo que iba intercalándose e intercambiando direcciones, de acuerdo al domicilio de las doncellas en cuestión.

La música de aquellos días, era romántica, creada con improvisados tríos de guitarras y eventualmente banjos o vihuelas, que rompían el silencio de la noche. En tanto, las mujeres amadas se permitían solicitar permiso a sus padres para abrir los balcones o ventanas y escuchar las aguardientosas voces de sus galanes que para esas horas de la madrugada ya llevaban una buena ración de tragos de mezcal que los inspiraba más en sus canciones.

Al término de las canciones, en la mayoría de las casas abrían las puertas para permitir el paso a los enamorados y era el momento de disfrutar de una taza de chocolate y pan de yemas con los consabidos tamales de guajolote y mole.

Esta costumbre fue modificándose con el tiempo, para los años cuarenta ya se incorporaban a las serenatas otros jóvenes que nada tenían que ver con la panadería, pero que eran aficionados a la música y llevaban la serenata por los románticos barrios de mi tierra, animándose con el delicioso mezcalito sin excederse y siempre mostrando compostura y un gran respeto por las familias.

Estas serenatas eran moderadas por las autoridades que casi siempre ordenaban a los “topiles” (antigua policía preventiva) acompañando en rondines por los barrios y cuidando el buen funcionamiento de estas actividades. En los años cincuenta, se incorporaron las victrolas que eran accionadas por medio de una cuerda metálica para tocar aquellos viejos discos de 78 RPM (revoluciones por minuto) y casi al mismo tiempo los “aparatos de sonido” que funcionaban con un acumulador de carga para los equipos que ya utilizaban acetatos de 33 y 45 RPM y que eran el último grito de la moda, sin embargo, prevalecían los tríos románticos compuestos por los antiguos panaderos.

El trío Fantasía, que luego se convirtió en el trío Perla Negra, lo integraban el difunto muy querido amigo José Antonio Barragán, a quien cariñosamente apodamos“La Tijerilla” quizá por el color de sus ojos o por cualquier otra razón, pero que ha sido uno de los recuerdos más agradables que tenemos los que ahora somos viejos…

El otro integrante que también ya se nos adelantó, era el inolvidable charro Lino Ortiz Moreno, quien heredara de sus antepasados el mote del “Esfuerzo” por la tienda de su padre don Emiliano Ortiz… no podemos dejar atrás al inolvidable Vicente Ojeda Pinacho, nuestro querido amigo que aún nos vive y que aún canta y toca la guitarra con mucho sentimiento, pero por supuesto que había otros tríos o duetos.

La juventud de esas épocas era muy distinta a la de ahora, los valores morales de los miahuatecos estaban de manifiesto… los aficionados a la música y otros que sólo eran aficionados a las muchachas, estaban preparados para correr gallo en esa noche… Jorge López Ramos, el eterno solterón Beto Mora, don Rubén López, Queto Sánchez, Lauro Jijón, Fernando López, Amaro Flores, Artemio Flores “El coyote” y muchos jóvenes que acudían a los balcones, ventanas o a las cercas de chamizo para que sus novias o sus amigas los escucharan.

Los recorridos eran vigilados por la policía municipal que se acercaba a los músicos para que también fueran invitados a comerse un tamal o a saborear un buen trago de mezcal… porque recordaré a mis pocos lectores que cuando se presentaban en algún domicilio conocido, los integrantes del trío eran invitados a pasar a tomar una taza de chocolate y comerse algún tamal, aunque no en todas las casas les abrían, pero al tratarse de personas conocidas era muy hermoso compartir en las horas de la madrugada el famoso chocolate.

Muchos jóvenes no sabían tocar la guitarra o se cohibían de cantar y para esto, el ingenio se agudizaba… se cooperaban entre el grupo y rentaban un “toca disco” y en tiempos similares una victrola que regularmente era transportada en una carretilla que al llegar hasta el balcón, ventana, puerta o la cerca le daban cuerda suficiente y ahí estaba la serenata.

Los “aparatos de sonido” los rentaban los comercios que tenían esta disposición como Rubén Ramos Jarquín, el buen amigo Macedonio; eran tiempos románticos llenos de respeto y en muchos casos de amor verdadero. Por supuesto que en algunos casos se dio la ocasión en que el padre o la madre que no estaban de acuerdo en la pretensión de algún joven para su hija, los corrían echándoles agua o de plano disparando algún arma al aire para ahuyentarlos. Ese era nuestro viejo Miahuatlán… la música con un volumen moderado y aunque los que corrían el gallo ya estaban un poco enmezcalados, se daba el caso de alguna discusión que podía generar la bronca a golpes o a puñaladas, pero era calmada por los jóvenes mayores que ponían la paz.

Por: Adán Carballido Sánchez 

 

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