Ticho, la verdadera historia

Muy temprano antes de clarear el alba, Ticho se dispone a empezar un nuevo día. Después de haber dormido en su cuarto de lámina, se levanta de la cama de madera en la que reposa una almohada de Pedro Picapiedra y dos cobijas de barbas, una a rayas y otra a cuadros.

Atrás de la almohada; unas tijeras Barrilito, un rastrillo y un pedazo de espejo forman su equipo de aseo personal. Junto a éste, se ubica su botiquín de primeros auxilios: medicinas, gotas, una latita de Vick Vaporub y pomadas de elaboración artesanal.

Sobre la cabecera están sus pocas prendas de vestir encimadas unas con otras: un suéter café a rayas, una sudadera de portero, una playera del América, un impermeable, una camisa de manga larga y una camiseta atigrada sin mangas, playeras que combina con sus emblemáticos shorts.

Combinación que le ha permitido mostrar su musculatura por las calles de Miahuatlán de Porfirio Díaz, lograda ésta no en un gimnasio de categoría, sino a lo largo de los años, producto de sus extenuantes jornadas laborales, porque… ¿quién sino él? es el primero en llegar y el último en checar su tarjeta de salida.

Sobre las cobijas, a media cama destendida, un short con el cinturón aún puesto, tal vez no le dio tiempo de sacárselo por no llegar tarde a su “trabajo”. Bajo la cama, dos de sus tres pares de calzado; unos tenis Nike y un par de huaraches típicos de campesinos. Estos pocos artículos, obsequiados por diversas personas de la población, son los bienes personales con los que Ticho cuenta, su patrimonio.

De él se han dicho muchas cosas: que perdió el habla por un gran susto de “la cosa mala”; que está mal de sus facultades mentales, que se duerme en cuevas o bajo los puentes, que cierto día se apareció en este pueblo como un ser errante llegado quién sabe cuándo, de quién sabe dónde; que se llama Patricio, que se llama Dionisio. Todas ellas ideas equivocadas.

Esta es su historia.

Su verdadero nombre es Narciso Zárate Martínez. Nació el 29 de octubre de 1953 en Santa Isabel El Palmar. En su infancia se dedicaba a cuidar la yunta y los chivos de su familia. A la edad de 15 años salió de escondidas de su tierra natal y llegó a radicar a Miahuatlán. Su primera residencia fue en el centro. Con el paso del tiempo, decidió mudarse a la colonia Porfirio Díaz a la casa de su primo Lorenzo Ramírez Martínez de 63 años, mejor conocido como Lencho,  que es quien le ha dado alojamiento desde hace 25 años. Lencho vive en compañía de su esposa Esperanza y uno de sus cuatro hijos.

Lencho cuenta que Ticho se vino para Miahuatlán, más o menos, a los 14 o 15 años y agrega que está bien de sus facultades mentales, que la única discapacidad que tiene desde su nacimiento es la del habla: las únicas palabras que le ha escuchado decir son “no” y “allá”.

A pesar de que se comunican con él por medio de señas dice, “la verdad muy poco le entendemos a las señas de él”; además, cree que Ticho ha logrado permanecer con su familia durante todo este tiempo porque, “aquí está y nadie le dice nada. Aquí llega como llegar a su casa, aquí tiene todo”.

Lecho cuenta que cuando Ticho llegó a vivir a su casa en un principio dormía en un corredor, tiempo después hizo el esfuerzo de comprar láminas y tablas para hacerle el pequeño cuarto en el que duerme desde entonces. “Cuando vio su cuarto contento quedó, me hacía señas que si ahí se iba a quedar, le dije aquí va a ser tu cuarto, luego se le compró su cama y ora sí”.

Respecto a los hábitos de Ticho relata, “se levanta muy temprano, a las 4 o 5 de la mañana ya me habla para que yo le abra la puerta y se va. Hay veces que sí amanece aquí, pero son raros los días, a veces no llega a dormir, cuando ya es muy noche se queda allá de mi hermano”.

Un hombre autosuficiente
Las ocasiones en que Ticho come en su casa, “nadie quiere que le sirva, él llega y solo busca las tortillas. Agarra, se sirve solo, él mismo se calienta su tortilla, se sirve su café, el café si no le falla diario, y come solito,  si le quieres servir no lo agarra, él no pide, así solamente come, pero si yo le digo ¿quieres más Ticho?, se enoja y se va, confiesa Lencho.

La esposa de Lencho cuenta que cuando Ticho no quiere comer comenta, “cuando tengas hambre come porque para eso nos dio Dios la comida, por eso nos hizo a imagen y semejanza, así le digo yo y sí se sirve”.

Y relata: “por las mañanas, entra tempranito a tomar café, come pan o lo que haya, no se va con la panza vacía, si llega de  noche se espera a que uno se duerma, él solo entra si trae hambre y se sirve café y frijolitos, lo que más me enoja a mí es que no come con nosotros, yo le digo a veces, ‘Ticho ya te serví tus frijolitos, shiu shiu me hace señas, ya me voy le digo, ya mejor me voy, te dejo solo’ le digo, no quiere ni que le caliente la tortilla”.

En la casa Ticho se ocupa en barrer, limpiar, amontonar la basura por su propia voluntad, “si yo le digo ‘haz esto’, se enoja y se va, aunque le paguen no lo hace, patea las cosas y se va, es su costumbre de él, mejor dejarlo que él lo haga solito, aquí por ejemplo agarra una bolsa y se va toda la calle y junta toda la basura que hay, toda la junta, la trae aquí y ya cuando viene el carro la echa él mismo, sin que nadie le diga él lo hace”, añade doña Esperanza, la esposa de Lencho.

“Él anda al tanto de la casa: riega, barre, él todo, pero solito, porque si uno le dice, ya no lo hace”, reitera.

Ticho enojón
Respecto a la forma de vestir tan peculiar de Ticho con playera y short, que incluso usa hasta en las épocas de frío, doña Esperanza afirma, “yo le digo ponte pantalón largo, él no hace caso, se enoja y agarra y ya se va mejor, es muy enojón no le puedes decir nada, nada. Cuando está enojado avienta las cosas, lo que tenga o lo que encuentra lo patea y se enoja y se va, a veces trae una chamarra, pero no se la pone, mejor agarra y la bota, la tira a la basura, los pantalones que le regalan, él mismo los corta”.

Cuando Ticho está de buenas Lencho aprovecha para hacerle señas y fiestas, “entonces ya le da risa y me hace señas que me quiere pegar, pero jugando, él no es violento”. Otra de las cosas que hacen reír a Ticho es cuando mi hermano lo bromea, Ticho que ya te vas a ver a tu novia y le da risa y dice que no, nomás”.

Cuando Lencho se ausenta de su casa por varios días Ticho se queda a cuidar.

“Cuando no hay nadie, él aquí se queda cuidando, si dos, tres días no ve gente casi no sale, sale un ratito y vuelve a llegar otra vez y ahí está cuidando la casa, se está en su cuarto, anda afuera, barriendo y haciendo todo lo que puede, medio lava su ropa, agarra jabón y tantito la lava y ya la tendió, él nunca se rasura, yo a veces le digo te voy a rasurar, pero Ticho se enoja, no se deja”.

Doña Esperanza agrega: “honradamente no deja que yo le lave la ropa, él solo la lava, no le desagüa bien el jabón y así la tiende, le digo Ticho no lo hagas así y me dice ‘ahh  shiu shiu’, el otro día le lavé una camisa blanca que tenía bien bonita, ni se lo hubiera yo hecho porque la tiró”.

También confirma que lo que le gusta a Ticho es “andar haciéndola de tránsito y hacerle mandados a la gente, lo que no falla él es en cualquier rosario de lo que sea, de una virgen, de un santo, o rosarios de un difunto, de todo, él está al tanto en cualquiera, donde ve que haya, ahí va, y ya se pone a hacer algo o lo mandan a hacer algo y lo hace”.

A pesar de que Ticho parece un roble, Lencho comenta que en varias ocasiones se ha enfermado, está con gripa o con dolor. “A veces le duele un pie y le digo ‘Ticho, te voy a llevar al médico’, pero no va, aunque yo le diga. Incluso la otra vez lo aventaron ahí por la esquina del centro donde está el semáforo, le metieron el carro y lo aventaron y salió todo lastimado, entonces a mí me avisaron y yo luego luego me fui a ver, me dijeron que estaba en la clínica y no lo hallé, le fui a preguntar a la policía y me dijeron ‘sí nosotros lo levantamos’, pero no fue mucho -el golpe-, ya lo llevamos al médico y lo llevamos a su casa , entonces yo me vine para la casa  y estaba todo raspado del codo, de la costilla”.

Doña Esperanza agrega que en otra ocasión le echaron tierra en los ojos, “entonces fue cuando lo vi triste, llegó llorando, entonces le eché gotas, muy feo han tratado a Ticho, yo le digo a la gente ¿qué no están viendo que ese hombre trabaja?”.

Cotidianamente Ticho va al panteón a dejar flores a sus familiares, “a una niña, a su sobrino, a la abuelita de mi esposo, luego dice que va a regar las plantas, que va regar no sé qué, su hija de mi concuña tiene una niña, o un niño, no me acuerdo bien, entonces le sembró florecitas a su tumba y a esas flores dice que va a regar”, relata la esposa de su primo Lencho.

Por la preocupación de que Ticho no contaba con ningún documento de identidad, Lencho se dio a la tarea de investigar si existían datos de él en el Registro Civil y los encontró, entonces le gestionó su acta de nacimiento, “porque lo voy a meter al INE, a ver si le saco su credencial de elector y a ver si puede tener una ayuda del gobierno”, confiesa. Oficialmente Ticho ya tiene un documento que lo sacó del anonimato como ciudadano.

Aunque ahora a Lencho se le presenta un nuevo reto: convencerlo de que le tomen la foto para la credencial, “a ver si le gano la voluntad de podérmelo llevar, cuando esté de humor voy a tratar de llevármelo, a ver si va, le voy a hablar bonito, él entiende bien”, dice.

Ticho es un claro ejemplo de trabajo: a pesar de no tener salario más que la voluntad de las personas a quienes ayuda, se toma sus labores en serio. En su mundo, que tal vez es mejor que el nuestro, no hay cabida para el desorden y la basura, en su mundo hay muchas personas que dependen de él: los automovilistas, no vaya siendo que alguien choque por no estar en su crucero apoyando con su silbato.

Además, tiene que barrer el mercado municipal, cuidar que esté siempre impecable, tirar la basura de los fruteros, los verduleros, los carniceros y las cocineras; también tiene que hacer los mandados. Y por si fuera poco tiene que acompañar en los entierros y en los rosarios, además de conservar en buen estado las tumbas de sus familiares.

¿Por qué es famoso Ticho? Tal vez porque a diferencia de nosotros, que nos hemos diluido entre este mar de gente, en el que se ha convertido Miahuatlán, sombras entre las sombras, eco de nuestro pueblo que alguna vez fue y ya no es, su presencia sí se nota.

Irónicamente quien solamente tiene unas cuantas prendas como tesoro, es más rico que muchos de los que persiguiendo el oro, han apagado el brillo de su vida.

Tal vez nunca sabremos los pensamientos o motivos que le llevaron a ser altruista, ayudar a sus semejantes o cuáles son los sueños que anidan en su pensamiento.

Texto originalmente publicado en el periódico “El General”, reproducido en Ojo de Agua con el permiso del autor.  

 

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