Mi calle favorita o la ruta de la nostalgia

Viví mi infancia en el callejón de Ciprés número 301, rumbo al Gueche. Mi casa era “La casa de tejas”, un lugar donde crecí con mis papás, mi hermana y mis dos hermanos; pequeña, pero con un gran patio, era mi hogar.

Aunque la calle y el callejón llevan el nombre Ciprés realmente no hay muchos cipreses por esos rumbos; no al menos que yo recuerde. Sin embargo, sí hay (o había) muchos otros árboles, flores y plantas: sauces, rosales, jacarandas, pinos, buganvilias, aguacatales y nogales; éstos últimos eran mis favoritos porque eran los más altos, fuertes y viejos, además nos regalaban nueces.

En octubre de 1997, yo era un niño de 9 años y Paulina tocaba tierra, ambos éramos huracanes: ella una mezcla de viento, fuerza y lluvia; yo, de dudas, quietud y temores. En el patio de mi casa, al que llamábamos allatrás, había caído un nogal sobre el techo de un vecino y aunque el árbol cayó, las nueces no callaron: mis hermanos, vecinos (que algunos también eran mis primos) y yo usamos el tronco como escalera para trepar al techo y usar la copa vencida como distracción vespertina, jugábamos a la casa del terror: nos metíamos entre la maraña de hojas y ramas para, en fila, atravesar de extremo a extremo, salíamos arañados de pies y brazos pero emocionados, aquello fue lo más cercano que tuvimos a una casa del árbol, que nos proveyó la fuerza de la naturaleza.

En aquellos días, la entrada al callejón era flanqueada por dos tienditas: la de “La Güera” y la de “Tía Mago”, en ambas constantemente permeaba el olor a mezcal y cerveza. A mí lo que me interesaba eran los dulces, los chicles “chibolas” envueltos en papel de estraza, “los motita”, la Chipileta, bolis caseros y refrescos en bolsita; pero cuando llegaron los Candy Max me deslumbraron con su atractiva publicidad y caí rendido.

Para ir al centro o a la escuela salía del callejón y caminaba por la calle Ciprés: el lazo que creaba entre hogar y los lugares a donde iba a aprender se convirtió en mi calle favorita. Estudié el kínder en el Enrique Rébsamen y mis últimos años de primaria en el Colegio Miahuatlán, aquellos recorridos, de ida y vuelta, se han impregnado en mi memoria, han dejado huella, como brillantes y cálidos momentos, aunque estuviera nublado.

Ciprés era una calle relativamente solitaria, pocos la transitaban y quienes sí, lo hacían a pie o en bicicleta, casi no recuerdo carros en ella, sin embargo, lo que más me gustaba eran sus múltiples y largos muros hechos con adobe; el callejón del Chopo, el olor de la carnicería que colgaba tasajos de res a secar en la entrada y la enorme casa, en una esquina, de don “Chevo” Ojeda.

De niño todo me parecía inmenso: los adultos, las casas, la tarea, de chiquito muchas cosas se amplificaban, hasta las vacaciones de verano me parecían largas, el tiempo funcionaba de manera distinta, se suspendía y no pasaba rápido.

Y si una calle es una ruta, un camino, un espacio dedicado para transitar, lo son de igual forma las emociones y sentimientos, y a veces podemos escoger cuál de ellas preferimos, a veces no, para transitar por la vida. En mi caso he percibido que me siento conectado con la nostalgia y la melancolía. Hay algo en el pasado que me genera un constante suspirar, he llegado a pensar que es la insatisfacción con mi presente, pero me niego a creerlo, más bien me agrada recorrer ese camino.

La nostalgia y la calle Ciprés son mi calle y mi ruta favorita. Recientemente, volví a caminar por ella y casi no la reconozco: ya no hay carnicería, muchos muros de adobe han sido tapados, árboles talados, otros caídos. La noté fría, esa calidez de mi infancia ya no se sentía, era ajena, a la calle se le olvidó quien era yo y digo que casi no la reconozco, pero si ella hablara seguro que diría lo mismo de mí: que no me reconoce, que a dónde fue el niño que ella había conocido. Fue un encuentro donde el paso del tiempo hizo que olvidáramos el cariño que nos sentíamos, uno se acostumbra y, asimismo, pierde la conexión cuando está lejos.

De tanto caminarla, la calle Ciprés se convirtió en mi favorita, al salir de clases del Colegio mis compañeros siempre tomaban un rumbo distinto al mío: ellos vivían en el centro, yo tuve que crear mi propio sentido de pertenencia para no sentirme excluido: a veces caminaba con mi hermanita y regresábamos juntos a casa, casi enfrente del Enrique Rébsamen vivía una anciana que nos pedía -por favor que fuéramos por sus tortillas, así fue como nos hicimos sus amigos y entramos a su casa: todo olía a viejo ahí, su piel arrugada, su ropa, el baúl que me intrigaba y que nunca abrió.

Esa casa ya no existe, tampoco vive aquella abuelita, pero no puedo olvidarla, ese desprendimiento de estar ayudando a alguien creó en mí una noción de pensar en el otro, a veces lamento el haberme vuelto tan cómodamente insensible, pero batallo constantemente para recordar a aquel niño que fui y que caminaba hacia Ciprés 301.

Mi inocencia comenzaba en aquel callejón y quizás ahí mismo empezó a desvanecerse: las rutas suelen tener principio y final, son los ciclos de la vida. Nada permanece y, sin embargo, aún persiste el recuerdo en mi memoria, es lo único que me queda, lo único que tengo.

De canciones que hablan sobre los caminos, las calles y las rutas, mi favorita es “Streets of Philadelphia” ganadora del Oscar a mejor canción y compuesta por Bruce Springsteen en el 94, tenía yo 7 años: hay tanta melancolía ahí que casi lloro sólo recordarlo.

En el video Bruce recorre las calles olvidadas, con indigentes y basura, hoy esa canción es tan significativa en mi vida que es parte de mi soundtrack. La vida diaria transita por esas calles; hombres y mujeres al trabajo y niños jugando, como yo y mis hermanos. Algún día recordaré este momento como soleado y qué mejor que salir a disfrutarlo. La aparente simplicidad de la canción se combina con la letra poderosa y los coros que, sin ser desgarradores, pellizcan mi alma.

A veces de eso trata y nos obliga la nostalgia, del juego del tiempo con nosotros los mortales, y él, imperecedero, testigo constante de nuestras ansiedades.

Por: Osiris C. López

La calle Ciprés antes de llegar al callejón del Chopo fotografiada, hace no mucho, por el autor.

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