De cómo me sentí Sherlock Holmes en la ciudad de México

 

La primera vez que supe sobre Los libros perdidos fue por medio de un cartel en el Jardín de los aromas de la Biblioteca de México. Aunque el cartel no ofrecía información escrita, el diseño llamó mi atención: un vibrante fondo morado con personajes en caricatura; una Parca, dos jóvenes flanqueándola, un libro abierto, 7 esferas de distintos colores y un pequeño roedor en el lomo del libro. En ese mismo cartel había un par de códigos QR, yo sabía que tenía que sacar mi teléfono y escanearlos para averiguar qué cosa era todo aquello, y así lo hice.

Me enteré entonces de que se trataba de un rally creado por 7 distintas bibliotecas de la ciudad de México; la Vasconcelos, de México, la del Goethe-Institut, la de la Casa de Francia, la Benjamin Franklin, la IBBY-México y la Alejandro Aura en el Faro de Oriente. Descargué la aplicación Espoto y busqué el juego Los libros perdidos. Ahí iniciaba la aventura que me llevaría a recorrer la ciudad, lugares que no conocía y a vivir una experiencia que siempre me había intrigado: la de sentirme un detective que sigue las pistas para resolver un misterio.

Esta inquietud proviene quizás de mi adolescencia y de mi gusto por las historias de crímenes de Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle y sus famosos personajes: Auguste Dupin y el sarcástico, siempre atento a los hechos y a la deducción, Sherlock Holmes. Aquellas historias proveyeron a mi imaginación de muchas horas de diversión y moldearon, en cierta forma, mi actitud atenta y reflexiva.

Lamentablemente no pude iniciar el rally de forma inmediata, días después me robaron el celular en metro Balderas, y no pude empezar la aventura, sólo dos meses después cuando por fin conseguí otro teléfono recordé que tenía un gran pendiente: el de Los libros perdidos. En aquel momento no imaginaba que “Metro Balderas” sería pista, más de una vez, en mi recorrido. La ciudad de México quita, pero también da: ironía de la vida.

El trabajo que hay detrás del juego se nota: no sólo para hilvanar la historia de Ana, Juanito y la Parca, sino para encontrar elementos en cada una de las bibliotecas que aportan al conjunto haciendo de la historia un atractivo más.

Aunque para jugar es necesario una tableta electrónica o un celular, ahí no se agota ni limita la experiencia, se puede decir que el teléfono es un elemento para hacer o seguir el recorrido de manera más fácil. Pero el juego no está en sí en lo meramente electrónico, es un pretexto digamos. En cada una de las sedes llega el momento de la interacción física, la humana.

Qué experiencia tan gratificante haber platicado con los involucrados en algunas partes del recorrido: el director de la Biblioteca Benjamin Franklin, Benjamín Medina, me atendió de forma amable, él menciona la palabra “gamification” en nuestra conversación, entiendo que se refiere a la parte de no limitar la experiencia del juego al teléfono celular, sino de romper la barrera de electricidad entre los aparatos y los usuarios. Me comenta también que el desarrollo del juego ha implicado algún par de años, y lo entiendo: el trabajo de logística entre los involucrados para concretar el proyecto así lo exige.

Aunque el juego se llama Los libros perdidos, el rally no se trata exclusivamente sobre literatura, sino de conocer los espacios y la variada oferta de las bibliotecas: talleres, cine, poesía, música, escritura braille, reparación de libros usados: las bibliotecas no son sólo un lugar al cual se va a consultar y leer libros; las bibliotecas son un receptáculo de amplia cultura y tecnología.

En la mediateca de la Casa de Francia, a unos pasos del Paseo de la Reforma, me muestran un libro ilustrado que involucra lentes 3D, es parte de las pistas, pero también de las nuevas formas en que los autores de libros se reinventan, se reforman, para ser atractivos a los niños, jóvenes y adultos.

Los libros perdidos es también un juego que promueve la actividad física, aunque tal vez no sea esa su intención directa, ¿o sí?: las bibliotecas más grandes, en cuanto tamaño, implican recorrerlas por todos lados, como la Vasconcelos y la México, tal vez eso hace que ahí haya sentido que la atención era menos personalizada, pero al final no importa, me guiaba por las instrucciones del juego y las pistas descubiertas. En un país con alto de índice de obesidad cualquier motivo que exija del interesado romper con su cómodo sedentarismo es algo que se agradece.

Como he dicho, las bibliotecarias y los involucrados al enterarse de que era un jugador, se mostraban atentos y dispuestos a apoyar, aunque no a revelar las respuestas de los retos: en IBBY México, lugar que nunca había pisado, rodeado de decenas de niños y libros infantiles y juveniles, casi pierdo la cordura: me refiero a que el bullicio propio de la niñez, y al que casi ya no estoy acostumbrado, me invadió de repente.

En la biblioteca del Goethe-Institut la cosa se puso intensa: los retos y actividades implicaban atención y movimiento, aunque siempre cobijado por el apoyo de la amable bibliotecaria que respondió a todas mis preguntas, no evité sentirme anonadado entre tantas palabras en alemán que me son poco conocidas, quizás regrese a aprender un nuevo idioma.

La última parte de mi recorrido me lleva a los límites de la ciudad de México y el Estado de México: el FARO de Oriente. Ahí, en la Biblioteca Alejandro Aura, me recibe la guardiana María Teresa Pérez Cruz, bibliotecaria que no duda en mostrarse alegre para darme un recorrido que hace sentirme enamorado por el FARO, hermoso espacio de cultura, oficios y arte, actividades tan necesarias en este país azotado por la delincuencia y la drogadicción. Leo poemínimos de Efraín Huerta y conozco sobre Alejandro Aura.

Los libros perdidos es un esfuerzo en conjunto que demuestra que el celular puede ser un medio para acercar a las personas a conocer los espacios que tradicionalmente han albergado libros. Hoy, las bibliotecas son un vaso comunicante que propicia el desarrollo intelectual de jóvenes y adultos haciendo uso de plataformas electrónicas para expandir el halo de diversión, misterio, esfuerzo físico y ocio que nos hacen sentirnos bien por los retos cumplidos.

Durante los días de juego fui el Detective Placebosis y ahora me siento más cercano a uno de mis personajes favoritos de la literatura, me sentí Sherlock Holmes en las bibliotecas de la ciudad de México.

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