A 10 años, los Cuervos de Daniel Krauze siguen graznando

Mientras intento averiguar qué se ha escrito sobre Cuervos de Daniel Krauze, novela editada por vez primera en 2007, me encuentro con una ligera reseña que apunta el hecho de que el libro, “nos introduce al mundillo de unos jóvenes ricos, ociosos, de poco cerebro y obsesionados con el sexo”.  Es cierto que el libro tiene como protagonistas a unos jóvenes adinerados, pero no se limita ni si acota a eso: las drogas, el sexo, Internet, los videojuegos, la ociosidad, la ignorancia, la muerte… no son propios de un mundillo exclusivo, al contrario; cada joven o adulto, que lea el libro puede crear una conexión con eso de humano que no deja de asomarse por todo el texto: la constante decadencia, la desesperación, la soledad y el atisbo de esperanza que, aun siendo ricos no pueden dejar de anhelar.

Cada uno de los 16 capítulos bien puede leerse como un cuento individual dada la progresión no lineal, ni espacio ni temporal, del relato: sólo avanzada la lectura nos damos cuenta que los personajes parecen ser los mismos, un grupo de conocidos que han coincidido por circunstancias quizás ajenas a ellos: ahí les tocó vivir, diría Cristina Pacheco.

Que mueran los caballos, primer capítulo del libro, ya plantea una atmósfera donde se desarrolla el resto de la historia: la virtualidad. Internet, videojuegos, antros, los aeropuertos, los sueños mismos, el efecto de las drogas; son todos ellos espacios virtuales que se plantan como una alternativa a la realidad o a la cotidianidad. Los sueños no son ajenos a nadie y ahí Krauze está abriendo la puerta a la identificación y a uno de los aspectos más íntimos y privados de nuestro ser: “nadie se escapa del pantano” advierte Matías, uno de los personajes.

En algunos cuentos-capítulos como Los riachuelos de lodo o De rodillas frente al escusado la narración se siente apresurada debido a las frases cortas que denotan acciones y el intercambio rápido de diálogos entre personajes, parece ser un guión, como si el autor estuviera pensando en cortometrajes que pretenden ser filmados: plantea los escenarios, nos dice las acciones y hace hablar banalmente a los protagonistas. Esta apresuración también tiene la intención de transmitir al lector los efectos que se están viviendo; la cocaína que es inhalada, el sexo exprés, los golpes, la sangre: descripciones de un fin de semana cualquiera, aunque no de cualquiera.

El lenguaje es o poético o brutalmente gráfico, o esto último lo hace ser lo primero; yo no me espanto de leer “verga”, “coger”, “huevos”, “güey”, etc., así hablan no sólo los jóvenes y no sólo los ricos. Nada tiene que ver con que esos personajes pertenezcan a una élite de la sociedad mexicana.

La fascinación que han inspirado esos pájaros negros y misteriosos, llamados cuervos, no es reciente: Edgar Allan Poe es muestra magistral de ello. Los Cuervos de Krauze pareciera que son superficiales y vacíos, al menos eso creen algunos que emiten sus opiniones sobre el texto. Sin embargo, a mí me parece que esos Cuervos en la soledad nos regalan sus más bellos y poéticos momentos, en parvada se envalentonan y son presumidos: molestan de tan viles que pueden llegar a ser; pero en la individualidad son melancólicos y se posan sobre el cableado eléctrico a cavilar sobre sus dudas existenciales.

“Crows are even smarter than we thought” leo en Daily JSTOR, investigadores han quedado asombrados ante la capacidad que poseen no sólo para el uso de herramientas, sino para modificar objetos y crearlas y, aún más, guardarlas y usarlas después. Esto intriga, replantea y amplía el conocimiento de las habilidades cognitivas que tenemos sobre los cuervos: son más inteligentes de lo que pensamos. No son meras aves de rapiña, no. De ahí la fascinación para la ciencia y la literatura.
Daniel Krauze elige un verso de la banda musical Abandoned pools como epígrafe para su libro: y pensar en piscinas abandonadas me evoca lo mismo que esos seres alados: melancolía, misterio, insatisfacción. La canción es The Remedy y la literatura, el arte, pueden representar eso: un remedio ya sea para que Daniel exprese su crítica a un mundo al que, según dicen, ha pertenecido, pero sobre todo para hablar de lo que le incomoda del sentir humano.

Hablando de epígrafes hay otro que me parece curioso, en el cuento No saben quién soy yo Fernando, un joven de 24 años, gusta de vagar por mundos virtuales donde libra guerras y combates en un videojuego: una vez más la insatisfacción, o las simples ganas de jugar, que encuentran alivio en ese escape de luz y electricidad. Hay triple ironía en ese cuento, desde el verso de la canción Fake plastic trees que sirve de epígrafe y que se enlaza con el quizás cómico, absurdo, pero cotidiano desenlace de la historia. Lo posibilidad que plantean los mundos virtuales al engaño. Y las notas de esa canción de Radiohead que, una vez más, nos arrastran al constante sentir de nostalgia que atraviesa al libro entero.

Este 2017 se cumplen 10 años desde la publicación de Cuervos y aún esas historias nos siguen graznando, picotean y de vez en cuando alzan el vuelo de su cómoda indiferencia para mostrar sus alas que se extienden y muestran tanto los tonos de negro y gris, como la creatividad que surge de los relatos personales para hablar de lo general: la humanidad.

Esta es una invitación a revisitar a esas aves y así, como Daniel, que regresó a uno de esos personajes, Matías, para desarrollar una novela Fallas de Origen que en el 2012 le valió el Premio Letras Nuevas, el lector pueda regresar y sacar algo de esos cuentos, de esos capítulos que hablan de una realidad lacerante y de los momentos virtuales de la vida.

 

 

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