Del éxito académico a las heridas del corazón: Anel López, un cirujano plástico miahuateco

Por: Osiris C. López 

Anel López Velasco es un oaxaqueño que actualmente vive en la Ciudad de México, estudia la sub-especialidad médica en Cirugía Plástica y Reconstructiva en el Centro Médico Nacional La Raza y se describe a sí mismo como un “amante de los before and after” (antes y después) y vaya que su carrera profesional se basa en que los cambios que sus pacientes esperan sean efectivos, perceptibles o de alguna manera significativos: noto que hay un juego con la noción de cambio que permea en su trabajo y en su vida.

Para esta entrevista convengo reunirme con Anel en la Alameda Central de la Ciudad de México y mientras lo espero me doy cuenta que el lugar escogido es especial y guarda un nexo valioso con el trabajo que él realiza: la Alameda es histórica y no ha tenido siempre la misma apariencia, se ha transformado, la han transformado. Y ese es precisamente uno de los fines de la cirugía plástica: transformar.

Modificar: primero los cuerpos y después las vidas, pues aquellos que ven realizado el cambio que desean en su cuerpo ven modificada también su autoestima.

Anel explica que existen los pacientes que requieren la atención de su especialidad por padecer alguna deformación congénita (de nacimiento), los que son víctimas de algún incidente (quemaduras, accidentes viales, etcétera.) que altera su apariencia física, y aquellos que están inconformes con su físico que, aunque es funcional simplemente no les satisface cómo luce. Y pienso en este último tipo de paciente también como víctimas: víctimas de la vanidad, del deseo por lucir mejor o diferentes, a veces guiados por modas o por los estatutos de belleza imperantes.

La familia

El 21 de noviembre de 1987 Anel López y Leticia Velasco, pareja oriunda de Miahuatlán, Oaxaca, vio nacer a su primer hijo a quien llamaron igual que su padre: Anel.

Durante varios años la pareja se dedicó a la venta de agua purificada (Agua Cristalinda) y tal vez ese joven “Nelo” (como llaman muchos de sus amigos y familiares a Anel) percibía en el agua la poderosa noción de cambio que ésta posee: solida, líquida o gaseosa, el agua se transforma.

Anel habla sobre sus padres:

“Estoy muy agradecido con los padres que tengo: todos los días trato de ser el hijo que creo les corresponde, quiero que se sientan orgullosos de mi”, dice.

Estudió el bachillerato en el Colegio de Bachilleres del Estado de Oaxaca (Cobao) de Miahuatlán de Porfirio Díaz y sus compañeros sabían que había llegado a la escuela porque su abuelo Genaro constantemente lo llevaba en camioneta por las mañanas.

Para Anel, Miahuatlán es familia, es hogar, es un lugar del que constantemente se aleja, pero al que siempre vuelve, del que no puede huir, pareciera que es atraído por el aroma de la comida de su abuela Luisa: las milanesas, las enchiladas verdes, los tacos. Mientras me cuenta sobre la abuela Luisa y la comida que prepara, no puede evitar emocionarse: se nota el cariño que le tiene y lo mucho que extraña comer en casa.

Desde sus abuelos, sus padres, su hermana: la familia constituye para él un núcleo importante que lo arropa aún en la distancia.

“Me duele sacrificar a mi familia”, responde cuando le pregunto qué sacrificios ha hecho por dedicar su vida reciente a estudiar medicina: primero en la ciudad de Oaxaca y ahora en la Ciudad de México.

La familia López Velasco.

Los exámenes (académicos y de la vida): éxito y fracaso

Consideró la posibilidad de volverse cura: “Dios, si no me dejas curar almas, déjame curar cuerpos”, así recuerda Anel su plática con Dios cuando hizo el examen para la Facultad de Medicina en la ciudad de Oaxaca. Aquel examen lo aprobó con facilidad, cosa que no se repitió cuando intentó ingresar a la especialidad médica, pues en su primer intento no alcanzó los puntos necesarios para cirugía, cuenta que aunque tenía los puntos para la plaza de Ginecología renunció a ella: tenía claro su objetivo.

“Hay quienes no han pasado el examen para la especialidad, y nunca lo pasarán”, sostiene. Y es cierto: sólo un pequeño porcentaje de médicos aspirantes son aceptados para estudiar una especialidad y menos aún una sub-especialidad como la que él realiza.

La cirugía plástica pretende embellecer las apariencias físicas, el cuerpo, pero ¿cómo embellece Anel su espíritu? “con arte”. Me doy cuenta que Anel es un hombre sensible: gusta de las manifestaciones artísticas: como espectador o como un participante activo. Desde ser un ávido lector hasta con tejido de palma ha experimentado esa sensibilidad que no está desligada de su labor manual con el bisturí y las agujas.

Llama “año sabático” a esos meses, mientras esperó de nuevo la oportunidad de ser aceptado en cirugía: pero se nutrió de experiencias, como hacer un curso de tejido con palma.

“Nelo: tú ya eres un diseñador textil, porque convives con tejidos, juegas con los tejidos (en su caso: óseo, muscular, tegumentos)”, le dice su hermana Leticia (Letizia  Cartones, quien se dedica amorosa y profesionalmente al diseño de modas) cuando platican que el diseño textil era una opción de no haberse dedicado a la medicina.

“Transmitir conocimiento siempre me ha llamado la atención: regresaría a mi facultad a dar clases”, admite Anel ante la pregunta de si le interesa la docencia.

Anel también se ha transformado, ha tenido que hacerlo. Pues, aunque su caso puede ser considerado como una historia de éxito académico también se ha enfrentado con el fracaso.

La cirugía reconstructiva organiza de nuevo los cuerpos, pero… ¿Cómo se reconstruye un corazón roto? ¿Le han roto el corazón a Anel? “Sí” Para reconstruir ese corazón roto el tiempo es su gran aliado, pero siempre habrá cicatrices, confiesa. Mientras me cuenta esto menciona la técnica japonesa “Kintsugi” con la que un objeto roto es reparado, pero conserva restos de fisuras que son resanadas con oro: ahora forman parte valiosa de ese objeto, y lo hacen más fuerte. Un tipo interesante, me queda claro.

La técnica japonesa “Kintsugi” que Anel toma como filosofía de vida.

Hemos bebido café y caminado largo rato, nos despedimos con un abrazo. Mientras lo veo alejarse noto su peculiar figura de 1.85 metros, es alto entre la multitud. Desde hace tiempo había notado que es también un gran hombre por dentro.

Fotografías facilitadas por el entrevistado. 

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