La tradición de Tía Elena

No dejarse llevar por la envidia y mejor tener ambiciones en la vida, es la filosofía de una mujer que sin el respaldo de los padres de sus hijos trabajó para que nos les faltara lo indispensable.

Hoy rebasa los ochenta años de edad, sintiéndose satisfecha de todo lo que ha logrado. Trabajar y hacer la lucha para obtener lo que quiere es la fortaleza que ha mantenido de pie a Elena Aragón Reyes, una reconocida taquera miahuateca.

“Yo fui la primera en vender tacos, aquí no había ni un taquero, yo fui la primera, venían unos de Oaxaca y se ponían en el jardín a vender tacos”, afirma, sentada en una silla de plástico con la leyenda de una marca refresquera en su negocio de la calle Riva Palacio de Miahuatlán de Porfirio Díaz.

A sus 81 años de vida “tía Elena” como la llaman cariñosamente, continúa con el trabajo que la ayudó a mantener a sus hijos luego de que enviudara.

Su especialidad son los tacos al vapor. Sus clientes lo afirman sin dudarlo. Y cómo no ser experta en su elaboración si desde hace 53 años se dedica a este oficio que, combinado con otros, le permitió dar sustento a sus ocho hijos, de los que ya fallecieron dos.

Originaria de San Agustín Mixtepec, tras la muerte de su madre, doña Elena llegó de 15 años a Miahuatlán de Porfirio Díaz para trabajar, más tarde se casó por primera vez y al enviudar tuvo que hacer de todo para mantener a su familia, “para criar a mis hijos trabajé mucho, le conozco de toditito trabajo, vendí zacate, qué me van a contar a mí de la pisca de café, ¡ja!”, dice, al recordar las largas jornadas que tuvo que pasar para ganar dinero, luego de la muerte de su primer esposo, con la finalidad de que sus hijos “no se murieran de hambre”.

Desde muy joven doña Elena se convirtió, sin planearlo, en una pequeña empresaria que invertía sus ganancias para duplicarlas: compraba verduras y animales en Miahuatlán y salía a revenderlos a los pueblos del distrito y hasta la ciudad de México; por las mañanas lavaba ropa, hacía tortillas, atole y tamales, además, atendía un comedor; por las noches vendía tacos al vapor de res y de puerco, pero pasados los años también se dedicó a comprar y revender algunos terrenos y carros.

A principios de la década de 1960, inició el negocio que ahora es una tradición familiar: comenzó a vender tacos en la calle Benito Juárez, donde rentaba para vivir y donde también hacía sus tacos en un carrito de madera que le hizo un compadre, pero que cada dos meses tenía que cambiar porque se quemaba.

Con el pelo cano y marcas de la vida en la piel, doña Elena Aragón recuerda con lucidez cada uno de los episodios de su vida y el esfuerzo con el que logró salir adelante. Ahora, orgullosa de sus hijos presume que todos dominan el oficio y de los seis que viven, cinco tienen negocios de tacos distribuidos en varios puntos de la ciudad, “saqué a mis hijos adelante, no pude darles estudios grandes, hasta secundaria y una estudió el Cbtis”, cuenta con alegría.

A sus 81 años, esta mujer miahuateca no desiste del trabajo, pues es lo que la hace sentir mejor. Todos los días de 5 de la tarde a 11 de la noche se le ve en su negocio de la calle Riva Palacio atendiendo personalmente a sus clientes, que han disminuido drásticamente, debido a la competencia que ya existe en Miahuatlán, sin embargo, ella se conforma con lo “poquito que venda” y se siente orgullosa de haber sido la primera en el negocio al que poco tiempo después se unieron otros miahuatecos.

No saber leer ni escribir no ha sido un impedimento para tía Elena, quien sobre la marcha tuvo que aprender a hacer cuentas para poder manejar su negocio; tampoco lo ha sido para cruzar fronteras, pues va y viene a Estados Unidos, donde tiene una hija y donde también se ha divertido en lo que, asegura sonriente, es su vicio: los casinos en Las Vegas.

Desde joven supo lo que era viajar sola para trabajar, ahora lo hace para conocer y, como antes, lo sigue haciendo sin compañía, aunque no sabe leer y tampoco hablar inglés ella se las ingenia para no perderse en los aeropuertos y recoger sus maletas antes de reunirse con su hija, quien finalmente la guía.

Con el paso del tiempo, amplió su negocio y comenzó a vender también tacos al comal de tasajo, chorizo y cecina.

Entre sus anécdotas, recuerda que hasta que sus hijos se casaron supo lo que era ahorrar, “hasta entonces sabía yo qué eran 200 o 500 pesos”, porque antes lo que ganaba lo invertía en su negocio y en la manutención de sus niños.

Más tarde, doña Elena rehizo su vida y se casó con otro señor con quien tuvo tres hijos, unión que no duró mucho, porque, cuenta, el hombre la abandonó, “entonces empecé a trabajar libre, iba a todos los pueblos, a todos los lugares, hasta Tijuana llegué”. Sola de nuevo, tuvo que trabajar duro, como ya sabía hacerlo, para mantener a los nuevos integrantes de la familia.

Con su esfuerzo, doña Elena compró un terreno, justo este, donde ahora está su taquería y sin haber ido a la escuela, se convirtió en una experimentada comerciante y negociadora, además de los tacos, un día pudo comprarse un coche, que después vendió y que le dejó una buena ganancia, luego compró otros e hizo lo mismo.

A sus años 81 años, doña Elena no padece ninguna enfermedad crónica ni padecimiento que la imposibilite para hacer lo más disfruta, “me gusta salir, pasear con mis hijos, festejar, echarnos unas copitas, de todo, pero gracias a Dios aquí estoy, lo que sí siento es la edad”, reconoce.

Para doña Elena su negocio es lo primordial y cada día a pesar de llevar tantos años en el oficio ofrece lo mejor de sí a quienes visitan su establecimiento, “les digo a mis hijos denle valor, crédito al trabajo, pónganle sabor, sazón, limpieza, atiendan a la gente con buen modo, porque nosotros somos como el triste payaso por dentro tenemos el dolor, pero tienes que sonreír y platicarle a los clientes”, expresa.

Durante el día, doña Elena empieza a prepararse para la noche: hace sus salsas, pica la verdura, prepara la carne y las tortillas para que a las cinco de la tarde ya esté todo listo para abrir la taquería “Tía Elena”, sin embargo, se confiesa: “ahora mis hijos van adelante en el negocio y yo bajando”.

Trabajó tanto que con satisfacción revela que por el fruto de su esfuerzo ya repartió su herencia, incluso pudo quedarse con una casa para ella sola. A doña Elena se le ve satisfecha, sonriente y orgullosa cuente parte de su vida, además invita a probar su especialidad: los tacos al vapor.

Después de toda una vida de trabajo a esta miahuateca se le ve satisfecha, sonríe y cuenta orgullosa parte de su vida, además invita a probar su especialidad: los tacos al vapor.

Doña Elena en los años 60 en su primer carrito de madera.

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