El aire de María Lucía

Por: Salvador Aquino Ramírez

Los cuentos son parte fundamental en la vida de los pueblos, gracias a ellos podemos dar sentido a la existencia de las cosas o fenómenos, por ejemplo: existe esta piedra porque fue un señor que nunca pudo moverla… o también decimos que esto que sucede es porque hace mucho tiempo hubo una mujer que hizo esto… y es así como se construyen las historias que dan identidad a nuestras comunidades.

El cuento que ahora comparto me lo contó mi abuela Guillermina Hernández Bustamante QEPD, quien a su vez lo escuchó de boca de su mamá Porfiria Bustamante, mejor conocida como Tia Porfirita QEPD, que nació en 1885, y que a su vez lo escucho de su mamá.

Cuando me lo contó, tomó su banco de madera se sentó cerca del fogón donde hervía una olla con café, me sirvió una taza y como un ritual de iniciación en el mundo de los cuentos me dijo: pon atención que ahora te voy a contar esta historia que me contó mi mamá.

Hace mucho tiempo existió aquí en el pueblo una mujer llamada María Lucía, nadie supo dar razón acerca de su familia, de ella lo único que se sabía era su nombre: “María Lucía” así sin apellidos, dicen que sus papás se murieron cuando ella era muy pequeña por eso no los conoció, ni tíos, ni abuelos, ni familiar alguno se le conoció, María Lucía fue creciendo como plantita, sólo con el favor de Dios y la gente que es tan buena y que nunca deja a uno.

María Lucía creció, se hizo una mujer, aprendió muy bien a hacer tortillas y el quehacer de la casa, nunca supo letra alguna, nuca supo si alguien la había llevado a bautizar y por eso ella siempre decía que era una mujer como el aire. Pues bien, María Lucía formó una familia con dos hermosos hijos una niña y un niño, vivía muy feliz con el padre de sus creaturas y con sus hijos, pero su suerte no era esa, ya que cuando sus chamaquitos estaban “lograditos” cayó en cama víctima de una enfermedad que nadie pudo curar.

Todos pensaban que un mal aire le había tocado, porque se levantaba muy temprano a moler su nixtamal para hacer tortillas, le hicieron remedios para curarla, somerios, curadas de espanto, levantadas de sombra, pero nada de eso sirvió, un día cuando un fuerte viento  soplaba por los campos de Miahuatlán María Lucía cayó en agonía, las últimas palabras que pudo decirle al padre de sus hijos fueron “cuida de los chamacos”, no quiero que pasen lo que yo pasé, te los encargo mucho por favor, bautízalos y búscales sus padrinos, que tengan quién les pueda ayudar. Poco a poco su voz se fue apagando para nunca volver a hablar, así hasta que se cerraron sus ojos y dio su último suspiro.

Pasó la vela de la difunta, el entierro y sus rezos, pasaron los nueve días y aparentemente todo volvió a la calma, el padre de aquellas criaturas se quedó a cargo de todo, pero nunca le daba tiempo de hacer el trabajo de la casa y luego irse al campo, cuentan que habían días en que los muchitos no probaban bocado porque no había comida preparada.

Un día, cuando el papá se fue a trabajar, justo a las doce del día (la hora de las ánimas dicen) los niños vieron que a lo lejos una figura de mujer se acercaba a su casa, cuando la pudieron reconocer se dieron cuenta de que se trataba de su mamá. Se pusieron muy contentos, le preguntaron el motivo de su presencia, aquella mujer sólo pudo contestar que no encontró paz al llegar con Dios y por eso se regresó.

Los niños contaron todo esto a su papá, quien no daba crédito a las palabras reveladas, así que fue a pedir un consejo con el señor cura del pueblo; el sacerdote le comentó que era necesario saber las causas por las que no podía descansar su alma. Entonces le dio un frasco con agua bendita para rociar aquel espíritu que regresaba y que no había encontrado luz para su camino. El agua bendita le ayudaría para que Dios la reconociera y pudiera entrar al lugar de descanso.

Así lo hizo aquel hombre, un día hizo como que se iba a trabajar se escondió entre unos matorrales y pacientemente esperó a que su mujer llegara a casa. Cuando el reloj marcaba la hora de las ánimas (las doce del día) un ligero viento se sintió por todo el espacio, era María Lucía que llegaba a visitar a sus hijos.

Aquel hombre lleno de valor tomó el frasco de agua bendita y de frente a su mujer le dijo que ya no tenía motivo alguno para regresar del lugar de los muertos y entonces rocío tres veces el cuerpo de María Lucía con agua bendita y poco a poco se fue desvaneciendo, convirtiéndose en un aire fresco y ligero en que se transformó.

Por eso dicen que en estos meses de octubre y noviembre se siente el aire en Miahuatlán, es María Lucía que de cuando en cuando viene a preguntar por sus hijos transformada en corrientes de aire fresco y ligero.

Al terminar esta historia, mi abuela me pidió que siguiera a contar esto que ella me había contado, porque es la manera en que los cuentos no se pierden, cuando se cuentan a los demás.

* Esta historia al ser de tradición oral, puede tener diferentes variantes. 

**El autor es maestro, cuentacuentos y compilador miahuateco. 

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Fotografía: Javier Arias 

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