Hormigas con alitas

La primera vez que las vi Carlos las usaba de juguete: las enfrentaba y las hacía luchar entre ellas, me pareció más cruel que divertido, pero no le hice demasiado caso. Cuando al final de esa misma mañana, vi a mi mamá molerlas en su molcajete, me replanteé cuál era el acto más cruel; si usarlas como luchadoras o triturarlas hasta hacerlas salsa.

Ese día de mayo aún lloviznaba, eran las 7 de la mañana y, para ser sábado, yo lo consideraba de madrugada. Mi mamá había dicho que habría chicatanas, así que salimos a la calle donde vivíamos; ella con una bolsa de plástico y yo con la duda de qué cosa era una chicatana. Aquella calle no estaba pavimentada, así que apenas salimos de casa el olor terminó de despertarme: aún recuerdo ese  aroma invadiéndome de golpe: el de la tierra mojada, casi se antojaba darle una mordida al aire; una mezcla de café en polvo y humo de chocolate. A pesar de lo fresco de la mañana salí sin suéter y diminutas gotas de agua empapaban mis brazos, un poco de neblina baja se dejaba ver entre la luz de la única lámpara pública que había cerca de la casa: aquello parecía fiesta, señoras regordetas se agachaban de cuando en cuando recogiendo cosas del suelo, una coreografía mañanera, remoto antepasado del aerobic.

Mi mamá decía que no me juntara con Carlos, mi vecino que, según ella, era muy atascado, sin embargo, a mí me gustaba juntarme con él, había algo que lo hacía interesante; tal vez que tenía 11 años,  dos años mayor que yo, o tal vez que era el único con quien podía salir a jugar, ya que yo no tenía hermanos. Lo vi al lado de unas piedras y en lugar de seguir a mi mamá, me senté con él.

-¿Esas son las chicatanas?- Le pregunté, mientras abría grande los ojos intentando averiguar qué hacía.

-Consigue una y apostamos unas luchitas- me respondió.

Así que esas eran las chicatanas: hormigas culonas con alitas, hormigas coloradas peluditas, había muchas en el suelo; algunas estaban volteadas y  movían hipnóticamente sus 6 patas, otras ya estaban muertas, agarré una y sentí escalofríos, inmediatamente clavó sus dientes en mi dedo provocándome dolor.

-¡Ah! me mordió la hormiga con alitas– grité sacudiendo mi mano y haciendo volar a la agresora.

– Chicatanas, no seas puto.-  me respondió Carlos

No entendí si me decía puto por quejarme de la mordida o por decir hormiga con alitas. Me chupé el dedo lastimado y me volví a sentar a su lado, él tenía en un vaso un montoncito que ya estaban  muertas y en una bolsa, que había inflado como un  globo, guardaba las que aún vivían, las que aún revoloteaban inútilmente en la esperanza de una vida que no seguiría, de una absolución que nunca llegaría.

-¡Tochooo!- gritó mi mamá encolerizada.

Nunca entendí porque me decía Tocho si mi nombre era Armando, imagino que la sonoridad de la palabra hacia más fácil el llamado, cuando tenga hijos intentaré ser más congruente con sus nombres y sus diminutivos. Si le gustaba decirme tocho, bien pudo haberme llamado Antonio, por lo de toño, o no sé, a veces sospecho que hasta en eso era medio floja.  Me despedí  de Carlos, que seguía jugando con las chicatanas, y fui con mi mamá.

Hasta ese momento no había reparado en el hormiguero del cual salían y entraban hormigas, eran cientos de pequeñas hormigas rojas, no todas eran chicatanas, así que había que hacer una selección de las que nos interesaban y de las que no: “no’mas las gordas” era el método selectivo. Algunas señoras ya habían llenado pequeñas cubetas que cuidaban con recelo. Una imagen que hoy se me antoja poética es la de las alas sin hormiga, arrancábamos las alas de un ligero tirón para evitar que volaran: aquellas alas que bailaban en el aire sin, ni siquiera, tener ya a quien transportar, un viaje para el olvido.

Cuando regresamos a la casa, el café ya humeaba en el brasero; de la cocina lo único que mi papá hacía era café, tenía una especie de romance con él y era especial en su gusto para tomarlo; aún hoy me lamento de no haber puesto atención a su método, pues no lo he vuelto a probar como en aquellos días, aunque tal vez es sólo la nostalgia de mi infancia: me digo a veces para consolar mi desasosiego, pues tal vez era un café ordinario, pero es su ausencia la que me obliga hoy a convertirlo en el café gourmet más exquisito, es como los humanos que cuando ya están muertos, eran todos muy buenas personas.

Las chicatanas cayeron en el comal, ya sin alas, ya sin esperanza, ya sin nada. Subido en una silla, para poder observar, fui testigo de la salsa: ajo, sal, chile seco, un tomate de piel quemada.  Las chicatanas pasaban antes al comal para tostarse, para crujirse, en un último aliento si aún no habían muerto, tenían que dorarse al calor de la braza, sabroso tormento. Y después todo al molcajete, con fuerza y cierta destreza.

¿Qué si me gustó la salsa de chicatanas? Aún no me decido; su sabor ahumado me era raro, desconocido, chistoso… lo único que me gustaba era su nota terrosa; el olor y el sabor a tierra siempre me tomaban por descuido. Con una tortilla y huevo revuelto me hice un taco, un poco de salsa que picaba ligeramente, mis papás en la mesa, yo con ellos, ahí ellos conmigo. Pensé en Carlos y en si él ya habría almorzado; lo imaginé aún jugando, tratando de mitigar de su estómago un feroz sonido, ya le llevaría más tarde un taco por ser mi único amigo.

¿Qué si me gusta la salsa de chicatanas? Aún no me decido: me gustó recolectarlas,  el recuerdo es ahora quien le pone sabor a la ausencia que, a veces, trae tristeza. Ni mi mamá, ni mi papá, tampoco Carlos. Sólo yo que por las mañanas de lluvia salgo a cazar chicatanas pero “no’mas las gordas” como método de prevención contra el olvido.

 

 

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